La primera semana de abono en el Teatro Colón dejó más preguntas que certezas: cómo se acomoda el público a los nuevos horarios, qué obras resisten el paso a una puesta más sobria y dónde conviene sentarse para escuchar bien sin pagar de más. Repasamos lo que funcionó, lo que no, y lo que conviene tener en cuenta antes de la próxima función.
La decisión de la butaca: no todo es el centro
Quienes acostumbran a comprar entradas con anticipación saben que la elección de la ubicación condiciona toda la experiencia. En las funciones de la semana pasada, las filas laterales del primer piso ofrecieron una acústica más equilibrada que varias posiciones centrales de la platea baja, donde el sonido de la orquesta tendía a tapar las voces en los pasajes de conjunto.
El palco segundo, tradicionalmente descartado por la distancia, resultó una opción razonable para quienes priorizan el precio: la visión del escenario es completa y la reverberación ayuda a que los cantantes se proyecten con naturalidad. Eso sí, conviene evitar las primeras filas del paraíso en las funciones con coro numeroso: el balance se inclina demasiado hacia las cuerdas graves.
Horarios y ritmo: lo que cambió en la programación
La decisión de adelantar el comienzo de las funciones a las 19:30 modificó los hábitos del público habitual. Las colas en los ingresos se concentraron en los últimos quince minutos, y el servicio de guardarropas colapsó en las dos primeras noches. Para la tercera función, la gestión ya había sumado personal, pero el problema de fondo persiste: el intervalo de veinte minutos apenas alcanza para recorrer los pasillos y volver a la butaca.
En términos musicales, el cambio de horario no afectó el rendimiento de la orquesta, aunque algunos solistas admitieron que ensayar por la mañana y cantar por la noche exige una rutina de descanso distinta a la de temporadas anteriores. Es un detalle que el público no percibe, pero que explica ciertas diferencias de color en las voces entre una función y otra.
La puesta en escena: menos escenografía, más atención
La producción que abrió la temporada prescindió de los grandes decorados y apostó por una iluminación expresiva y un trabajo actoral más detallado. La decisión tiene un costo: los momentos de masa pierden impacto visual, y quien espera el despliegue tradicional de las óperas del siglo XIX puede sentirse defraudado. Pero a cambio, los dúos y los monólogos ganan en intimidad, y el texto se escucha con una claridad inusual.
Para el espectador ocasional, la recomendación es leer el argumento antes de la función. La puesta no explica la trama y algunos pasajes del segundo acto, resueltos con gran economía de medios, exigen que el público ya conozca las relaciones entre los personajes. No es una ópera para llegar sin referencias, pero sí una que recompensa la atención sostenida.
Lo que viene: cómo prepararse para las próximas funciones
La temporada continúa con un título del repertorio francés que presenta exigencias distintas: más coro, más escenografía y una orquestación más densa. Quienes ya asistieron a la primera semana tienen una ventaja: conocen los tiempos del teatro, saben a qué hora conviene llegar y pueden elegir la butaca con criterio. Para los que recién se suman, la sugerencia es llegar con treinta minutos de anticipación y evitar las filas laterales del cuarto piso, donde la visión del fondo del escenario se pierde por completo.
La programación de abono también incluye una función de cámara en la sala menor del teatro, una oportunidad para escuchar el repertorio barroco en un formato más cercano. Las entradas para esa función suelen agotarse rápido, así que conviene estar atentos a la venta anticipada. Para más información sobre la programación completa, se puede consultar la agenda de reseñas y crónicas del medio.